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PERÚ - Fujimori: ¿títere o titiritero?

Javier Diez Canseco, La República

Lunes 19 de noviembre de 2007, puesto en línea por Javier Diez Canseco

19 de noviembre de 2007 - La República - A las puertas del juicio a Fujimori, su abogado pretende convertirlo en un caído del palto, un gil, un ingenuo que, aunque vivía con Montesinos y al costado de las salitas donde se filmaron los vladivideos, no sabía nada. Así, allanó la casa de la mujer de Montesinos –sustituyendo al fiscal real por su edecán– para llevarse los videos, pero no conocía los negociados. Era el Jefe político del SIN, según una ley que promovió y promulgó, pero no tiene nada que ver. Ordenó a Federico Salas y Carlos Boloña pagarle US$ 15 millones a Montesinos como CTS, pero «no sé nada brother». Amnistió a los criminales del Grupo Colina, luego de haberlos felicitado y ascendido en 1991, pero es ajeno a los crímenes de La Cantuta y Barrios Altos. Estamos ante otro Fujimori, sonsón y que dejaba las decisiones a todos sus subordinados, casi ajeno al ejercicio del poder. Un títere.

La lógica es simple. Se trata de evitar que Fujimori responda a las acusaciones que, más allá de la autoría directa e inmediata que se da en varios casos como el de la CTS de Montesinos o el allanamiento, lo involucran claramente. Y es que, según la doctrina de la Responsabilidad del Superior (que se remonta a la Segunda Guerra Mundial y establece la responsabilidad de los Jefes Militares y Civiles por los ilícitos de sus subordinados) él era el Comandante en Jefe de la FFAA y Presidente de un régimen cívico-militar, con control efectivo sobre los autores del delito (hizo dar una ley para que el SIN responda al mismo Presidente). Hasta vivía en las instalaciones del SIE y del SIN (cuando se produjeron los hechos). Y, no sólo omitió medidas para impedir los delitos o sancionarlos, sino que los amnistió y encubrió.

Además, según la doctrina del Dominio de la Escena es clarísimo que Fujimori controlaba la escena y los espacios en que se cometían los delitos. Y sobre su calidad de autor intelectual, no necesariamente material, de los hechos delictivos, está claro que estaba a la cabeza del mando en las estructuras del poder y que numerosos testigos así lo señalan.

Informes legales de prestigiosos abogados como los de la George Washington University, de EEUU, sostienen que en este caso se aplica también la doctrina de la Empresa Criminal Conjunta que se da cuando un grupo de personas, con un plan o propósito común delictivo, participan en ese proyecto. Al ordenar actos delictivos a sus subordinados o brindarles protección absoluta –como dice el informe– participa en el establecimiento, funcionamiento y continuidad de una empresa criminal. ¿Quién puede dudar de eso en el caso de Fujimori?
Pero la verdadera defensa de Fujimori estará centrada en las influencias de los poderes económicos y políticos que logre movilizar. Porque Fujimori, que se pretendió profundamente renovador y ajeno al poder establecido en 1990, un verdadero «outsider», no fue –para nada– ajeno a los intereses económicos de los dueños del Perú que estos desgastados partidos representaban. Fujimori terminó siendo un eficaz «insider», expresión de los poderes fácticos –económicos, militares, mediáticos y tecnocráticos– gestados en la década de los 80. Con su gobierno negociaron e hicieron grandes negocios importantes transnacionales, Dionisio Romero, Lucchetti, los Picasso y Camet, los Bertini y los representantes del Banco Wiese, dueños de los canales de TV y de la prensa, los norteamericanos vinculados a Yanacocha…
Más que transformar al Perú fue una suerte de restaurador de un viejo orden –casi del corte del Estado oligárquico– que acentuó la exclusión y la concentración del poder en poderosas minorías extranjeras y nacionales que siempre fueron decisivas en el país. En realidad fue un aventurero, sin propuesta programática y a la caza del poder, que resultó cazado por los poderes fácticos, asumió un programa político y económico ajeno al compromiso propuesto a sus electores, y representó los intereses de los mismos de siempre. Un títere, cooptado por corruptos mandos militares y Montesinos, que se fue convirtiendo en titiritero, con grandes márgenes de maniobra y compromisos con el poder real nacional e internacional.

Su gobierno fue una transacción –en la que como Presidente, formalmente, negoció y se abrió su espacio– en que se impusieron y combinaron diversos intereses: los de los corruptos jefes militares y de inteligencia que ya tenían en curso una estrategia de poder anterior al «fenómeno» Fujimori (Plan Verde); los de ciertos empresarios y transnacionales mercantilistas de siempre; los de tecnócratas ávidos de un manejo patrimonialista del Estado; los intereses de ciertos organismos multilaterales interesados en resolver sus problemas pendientes con el Perú e imponer sus modelos, haciendo la «vista gorda» ante los problemas de corrupción y abuso de autoridad, sosteniendo el clientelaje gubernamental.

La corrupción no fue un invento de Fujimori. La historia política peruana está llena de ejemplos de su presencia. Pero con él se generalizó y penetró todos los poros de la sociedad, como una metástasis cancerígena, acompañada de un pragmatismo individualista amoral.


Reproducción por iniciativa del autor.

http://www.larepublica.com.pe/content/view/189345/481/

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