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CHILE - Que no haya equívocos

Fesal Chaín

Martes 30 de marzo de 2010, puesto en línea por Ariel Zúñiga

Mi compromiso siempre es desde la palabra, que denomino vivificadora, hacedora, en lo posible develadora de aquello que la ceguera y la falsa conciencia se encargan de esconder bajo la cama o en viejos desvanes olvidados.

La majadería no es mi vocación, es la palabra siempre, allí donde las ideas sean proscritas, en ese lugar estaré siempre con mi oficio alentando el coraje de los perseguidos por el espíritu histórico. En eso tengo, si es que en la vida se puede tener alguna certidumbre, una cierta seguridad y compromiso ineludible, especialmente conmigo mismo y por continuidad con los marginados y olvidados.

Nada me puede dar más satisfacción que se lean mis artículos, poemas y narraciones, pero si hay algo que me da un placer superior, es que me ataquen de distintas trincheras. Es a mi juicio, un buen indicador que uno va por la senda de la belleza y no en el camino aberrante de la porfía de los fascistas y/o estalinistas de la vida.

Para ser más claro, y para tener cierto sentido de la historia, aún cuando es evidente que debemos superarla por un camino filosófico distinto, la dictadura pinochetista fue a no dudarlo, la experiencia humana más aborrecible y cruenta de nuestra experiencia reciente. Y a pesar de mi oficio y de mi vocación, me atrevo a afirmar que no hay lenguaje para describir el horror y mantener la memoria viva del genocidio. Hay palabras y siempre las habrá, pero nunca resultarán suficientes para mantener en las conciencias las imágenes, el miedo, la rabia y la orfandad de un pueblo casi indefenso frente a la barbarie.

Pero para ser aún más claro. Que fuese la izquierda chilena levantando todas las formas de lucha, un alternativa heroica y valiente frente al pinochetismo genocida, y que como generación nos hayamos comprometido a través de ella en la defensa de nuestro pueblo, y que además en esa lucha hayamos comprendido las determinaciones sociales de la dictadura, no significa de ningún modo, que tengamos que aceptar a priori, la defensa religiosa de esa misma izquierda a todo aquello que, ya sea por ideología , por falsa lealtad o agradecimiento de la solidaridad, levante como justo y bueno, cuando la evidencia nos muestra que no lo es.

No es el objetivo de este artículo adentrarse en los fundamentos políticos profundos de la tradición antiestalinista no socialdemócrata, de una izquierda que al menos se ha quedado entre nosotros como herencia cultural y que siempre defendió los derechos políticos y sociales de los trabajadores por sobre el aparato del partido y del estado. Ni tampoco entrar en el debate de la preeminencia de la democracia representativa, de la división de poderes y del multipartidismo por sobre otros modelos.

Más bien quiero centrarme en el supremo valor de los derechos humanos y en especial de la libertad de conciencia, en un mundo en el que ya no basta levantar banderas y bajo ellas justificar cualquier acto político. Probablemente en pleno siglo XX, a la vez que se admitía el uso de la violencia política por parte de los movimientos de liberación, también se justificaba por unos y por otros que el estado fuese implacable. Pero después del genocidio Nazi, de los crímenes del estalinismo y de las dictaduras militares del Cono Sur, se ha internalizado en las conciencias de buena parte de la humanidad, no de los dominantes por supuesto, que por sobre los experimentos ideológicos debe existir el imperio del respeto a los derechos humanos, el derecho a vivir en la patria, y a la libertad de conciencia y expresión. Justificar la represión sistemática del estado y el gobierno a sus detractores por razones ideológicas, y políticas, es inadmisible bajo todo punto de vista.

Justamente, porque luchamos contra el horror del pinochetismo y sufrimos sus actos, es que no deseamos para nadie, para ningún país, ni clases, ni grupos, ni individuos, que sufran el exilio, el terrorismo de estado, la tortura psicológica, física o ambas, el silenciamiento de sus ideas y el encarcelamiento por ellas. Este deseo es válido para todos quienes creemos en el desarrollo humano, pero en especial para los escritores. Pues los creadores, como conciencia sensible y crítica de la humanidad, nunca deberíamos estar al servicio de determinadas miradas o poderes, sino al servicio de la palabra vivificadora y de los dominados de todo signo, y nunca con los sepultureros de los sueños, ni con los enterradores de las libertades.

Y para clarificar más mi posición frente a la Revolución Cubana, hago míos los principios básicos que planteara Pablo Milanés en España y publicadas por El Diario El Clarín de Argentina el 20 de marzo de este año:

«No soy un defensor de los derechos humanos solamente, ni de la libertad de expresión, ni del derecho a huelga, ni del restablecimientos de sindicatos -representados por los obreros y no por el Estado-, ni de la instalación del pequeño comercio, ni la libre salida del cubano de su país, etc. sino que soy un luchador por la perfección del socialismo que hemos proclamado durante 50 años».

Porque nuestros muertos por la libertad en Chile durante la dictadura, son los mismos muertos de hoy por la libertad en cualquier parte del mundo. Si no queremos ver eso, entonces nos interesa sólo nuestra ideología y nuestra política, en suma nuestra vocación de imponer cierto espíritu histórico, por sobre la libertad y los derechos humanos de quienes además son capaces de dar la vida por ellos.

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