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Tratando de entender el flagrante ataque al pueblo mapuche de Marcelo Brunet

CHILE - (Anti) frenología (anti) mercurial

Ariel Zúñiga

Sábado 31 de julio de 2010, puesto en línea por Ariel Zúñiga

Los presos de consciencia cubanos han sido liberados, nuestra prensa destaca el hecho realizando entrevistas y coberturas especiales mientras casi todos nuestros políticos celebran pues hace meses que lo exigían. Hoy más descansados ocupan su tiempo en atacar al gobierno de Venezuela aunque ello implique defender al gobierno genocida y narco paramilitar de Colombia.

Al mismo tiempo silencian que los chilenos, aquellos que exigíamos la libertad de los cubanos y solemos reclamar por la falta de libertad de prensa en Venezuela, mantenemos presos políticos en el sur, un acto aberrante denunciado por las naciones unidas y una serie de organizaciones nacionales e internacionales. Estos presos hoy están en huelga de hambre, la prensa y los políticos callan.

El mapuche juzgado fuera de todo proceso debidamente tramitado, por policías, fiscales y jueces que poseen los mismos apellidos de quienes usurparon su territorio ancestral. Señalados por testigos sin rostro, pagados o extorsionados por el gobierno, a petición expresa de terratenientes de la zona.

La hipocresía es proporcional al tamaño de la barbaridad, los crímenes de la concertación no serán lavados ni con toda la lluvia del sur.

Piñera es un leal continuador de ese modo de tratar a los mapuche así como la concertación lo fue de la dictadura. Ha disminuido la devolución de tierras lo que fomenta las ocupaciones como denuncia el senador Tuma, al tiempo que se niega encarar las discusiones de fondo promoviendo políticas divisionistas y asistencialistas en la zona.

Tan importante como acusar la hipocresía y el evidente racismo, o aporofobia [1], de nuestra clase dirigente es comprender porqué y cómo ocurre esto. Las personas que están detrás de estas políticas quizá son el problema y mucho cambiaría si invertimos la mirada y aceptamos que ellos son el verdadero enemigo interno.

El mito de la superioridad cristiana occidental.

Existe un relativo consenso en torno a que la civilización habría sentado sus bases en el momento en que los débiles organizados triunfaron sobre los fuertes. Investigaciones recientes atribuyen dicha “rebelión de las masas” a la utilización del lenguaje lo que la situaría en los albores de la humanidad, es decir, entre ciento cincuenta mil y doscientos mil años atrás. La evidencia con que se sostienen es que el cráneo de los actuales humanos es más frágil que la de nuestros antepasados a pesar de que éstos no pueden asir objetos (para usarlos efectivamente como armas contundentes asidas o arrojadizas). Esto permite especular que el complejo sistema de comunicación que culminó con el lenguaje, posible sólo cuando el cuerpo había mutado para ello, se desarrolló a la par de las demás cualidades típicamente humanas como el bipedismo o el pulgar abatible.

Que nuestra civilización es el triunfo de los débiles sobre los fuertes es, sin embargo, una idea con muchos más años a cuestas y que se gestó a expensas de la antropología, y algunas veces de la historiografía.

El cristianismo-estoicismo desde que se hizo hegemónico ha reivindicado que la civilización occidental es un superación de las formas societarias precedentes. La separación que realizaron los imperios entre bárbaros y civilizados, proveniente de Babilonia pero común a todos ellos, fue actualizada para dividir al mundo entre la cristiandad y los infieles.

Nunca antes un imperio se había adjudicado dicha pretensión. Fueran los sumerios, los romanos, los incas o los chinos les importaba nada más imponer su dominio, es decir, vencer y convencer; ganar la guerra y obtener la paz. Pero el monoteísmo judío, sumado al universalismo estoico y a su noción de que la íntima consciencia del hombre importa más que su conducta, se fusionaron en el cristianismo, creando una forma de comprensión del hombre que hasta hoy imprime su huella en toda la humanidad.

Tanto el liberalismo como el socialismo, anarquismo y comunismo están cargados, y muchas veces son expresiones, de cristianismo-estoicismo. Estamos rodeados de infieles por evangelizar sea porque están ajenos de la cultura de los derechos humanos, de la solidaridad inherente al hombre o alienados de la relación de explotación que nos hace siervos.

Empero es casi unánime la sentencia que ve en el cristianismo una superación de la barbarie de las civilizaciones precedentes. El voto disidente es de Nietzsche, para quien la decadencia del hombre principia en Sócrates, el momento crucial en que los débiles asumen el control de un mundo gobernado por gallardos guerreros. El cristianismo no es más que la peor de las formas de la decadencia, un lamento de esclavos masoquistas que prefieren la lúgubre medianía antes que la gloria, nos dijo.

Nietzsche es una excepción del pensamiento de su época, por una parte disiente, con una batería argumental incontestable, al progresismo hegemónico de su época pero también del conservadurismo decadentista que reacciona en contra de prácticas democráticas que se hacen comunes a fines del siglo XIX en Europa y los EEUU [2].

Se puede discrepar del planteamiento del autor del anticristo pero, se debe hacer presente, que es uno de los pocos que logra indagar sobre aquello que por obvio se nos había siempre escapado. Estamos dentro de una civilización judía, estoica y cristiana católica, es decir, universalista, que se considera, antes y a pesar de todo, superior a todas las otras formas de organización, pasadas o presentes. Está tan imbricado aquel modo de ver y pensar el mundo en nosotros que las evidencias científicas en vez que darnos la posibilidad de pensar autónomamente nos refuerza nuestros prejuicios.

Es así como el desarrollo científico y técnico del siglo XVIII y XIX fundó las bases de las mayores atrocidades que conozca la humanidad, las de finales del siglo XIX y mediados del XX. Hasta hoy el asesinato es moneda corriente, basta ver como se conducen los EEUU en Iraq y Afganistán, pero las ideas que validaron los holocaustos (en la patagonia, en la araucanía, en el kurdistán o en alemania) han obsolecido pero siguen en latencia.

Diversos autores, verdaderos sicarios intelectuales, han acometido la tarea de remendar estas desusadas ideas para fortalecer a los ricos y poderosos en su continuado trabajo de exterminio de la disidencia. Se ha dicho, por ejemplo, que existe una guerra de civilizaciones entre el cristianismo y el islam, cuestión para nada novedosa salvo que se lo afirma para justificar el exterminio estadounidense en el oriente.

En la ruindad de lo cotidiano, los poderosos locales, se sirven de escribanos que confeccionan las justificaciones solapadas de los crímenes pasados, actuales o eventuales, es así como las víctimas son presentadas como demonios, como enemigos de la civilización, personas a las cuales es exagerado llamarlas personas pues se oponen a las reglas mínimas de convivencia. Ya que el derecho impera sobre todos los humanos toda estrategia de exterminio principia en la deshumanización de los rivales para privarlos del derecho, de la palabra y dejarlos al arbitrio del hierro y el plomo sobre sus indefensos cuerpos.

Los que deshumanizan.

Hace ocho años conversaba en torno a unas cervezas con el criminólogo y abogado brasileño Carlos Rogerio Pires en Porto Alegre. Le hacía saber mi disconformidad con el tiempo que se invierte en formar a los nuevos criminólogos al considerar materias obsoletas en la malla curricular. Que los estudiantes deban aprender de frenología [3] es como si los nuevos astrónomos debieran estudiar astrología, le decía. El me explicaba que el conocimiento pseudo científico seguía vigente en el sentido común, por lo tanto se estudiaba para combatirlo efectivamente. Aunque nos pareciera ridículo las policías seguían actuando con esos principios y con ellos la prensa.

Después de unas cuantas cervezas había tomado el valor para decirle algo que hace bastante rondaba en mi cabeza.

- Quizá el problema no es la frenología, posiblemente la metodología ha sido la incorrecta como en toda la criminología oficial, hasta la que se hace hoy.

Carlos se rió, y yo también un poco, pero le dije que era un asunto serio y que por favor me escuchara.

Las investigaciones criminológicas oficiales hasta hoy adolecen del mismo problema, lo que hace de todas, sean más o menos anticuadas, expresiones de pseudociencia. Todas, sin excepción, estudian a los “delincuentes”, es decir, a los que están presos. Asumen apriori que la justicia hizo bien su trabajo y quienes están condenados por robo efectivamente robaron.

- Estoy de acuerdo – replicó Carlos – pero la inocencia de los condenados pueden entenderse como un margen de error.

No, en ningún caso. El asunto no va por la inocencia del condenado sino por la no inocencia de los que estamos en libertad. Las investigaciones criminológicas no poseen muestras de control, no existen sujetos “no delincuentes” que se indaguen de forma simultanea y luego se comparen los resultados con los “delincuentes”. Además, los asesinos, por ejemplo, no siempre son delincuentes muchas veces son héroes nacionales, soldados condecorados, presidentes de la república o policías.

- Te entiendo, entonces dices que la frenología no es del todo falsa sino que el error está en que sólo compararon los cráneos de los que llamaban delincuentes.

- La verdad es que la frenología me parece un disparate de principio a fin pero algo me llama la atención.

- ¿Que?

- Me sorprende lo parecidos que son físicamente aquellos que ven delincuentes en todas partes y llaman a aplicar toda la fuerza de la ley sobre ellos.

- Carlos se rió entendiendo adonde iba y me preguntó.

- ¿Entonces dices que no existe un criminal nato sino que un criminalizador nato?

- Exacto.

Conversamos gran parte de esa noche sobre aquella extravagante hipótesis. Ojalá algún día poseamos los recursos para realizar esa investigación.

Fuera de bromas sigue siendo una hipótesis plausible. Pensemos que la delincuencia no depende de la conducta de un individuo sino que de la significación de ésta. Es más, no es delincuente quien actúa mal de acuerdo a los cánones morales imperantes, ni tampoco el que contraviene una norma legal. Lo que hace de un individuo un criminal es el ser tratado como tal por el sistema penal. No es delincuente quien asesina sino quien es criminalizado bajo el cargo de asesinato.

Este modo de comprender al delito a veces causa que el individuo sea invisibilizado por una espesa bruma sociologizante. Me parece que se debe reaccionar ante eso, somos sociedad y somos individuo, somos natura y cultura.

Es de suma importancia conocer el proceso social que produce los delincuentes, la criminalización. Pero conjuntamente, si lo relevante es dicho proceso también lo es saber quienes son vulnerables a ser criminalizados (aquello que se denomina la “clientela del sistema penal”) como conocer quiénes son los que criminalizan. La criminalización no es un proceso inocente que opera al margen de los individuos, requiere de un criminalizador y un criminalizado.

Existen por lo tanto personas más expuestas a ser criminalizadas debido a su situación de vulnerabilidad ante el poder penal ¿Existen además sujetos más proclives a ser jueces, policías o columnistas mercuriales?

Si dirigimos la atención en vez que sobre los sujetos previamente deshumanizados por la propaganda oficial en sus promotores, en vez que en los presos en los gendarmes, en vez que en los imputados en los fiscales, en vez que en los mapuche en los escritores anti mapuche, en vez que en los homosexuales en los homofóbicos nos encontramos con un extenso páramo aún no conquistado por la criminología.

Y si bien existe bastante literatura, en especial desde la psicología, que nos puede dar luces sobre la etiología del criminalizador, es decir, sobre cómo un bebé inocente puede transformarse en un Xavier Armendariz, en un Marcelo Brunet [4] o en un Rodrigo Hinzpeter sigo absorto en aquella epifanía que un día me mostró que la frenología está vigente pero mal enfocada.

Hasta hoy me sorprende que los tipos que castigan o piden castigos para los demás se notan, a kilómetros, tienen un rictus, una proporción en sus facciones, y me atrevería decir, hasta un olor característico. Su rostro mofletudo es parecido a una criadilla cocida al vapor. Aunque usen una camiseta del che Guevara y un palestino en el cuello, o una chaqueta de cuero y tatuajes, el color de fachos no se les despinta del rostro. Es un pálido en la cara, exceso de hormonas femeninas diría un positivista, como unos testículos lampiños pero gigantescos, como unas mamas secas con olor a muerte que ni su perfume francés disimula.


Ilustraciones de Fiestofor. La ilustración ha sido creada teniendo a la vista la foto de Marcelo Brunet y su texto sobre los mapuche mencionado en la nota 4

En la foto de los eventuales criminalizadores natos, sujeto a investigación posterior, aparece George W Bush, alguien lejano al pálido mortuorio que he reseñado. No debemos olvidar, que al igual que el cardenal Medina, tal coloración no es de índole genética sino que es evidente la rosácea por alta ingestión de bebidas alcohólicas, aquello que se conoce coloquialmente como bronceado de cantina.

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Portafolio


[1Hablar de racismo es errado por dos razones. La primera, la división de los hombres en razas no es más que una categorización pseudocientífica, los hombres provienen todos de los mismos antepasados y la diferencia entre personas de razas distintas es sólo aparente, fenotípica. En segundo lugar no se discrimina, salvo casos muy puntuales, a las personas de “razas” diferentes sino que a las de culturas diferentes y más, sólo a las culturas subarternas o a los subalternos de esas culturas. Por eso lo correcto es hablar de aporofobia, la discriminación a los pobres, a los desvalidos, a quienes están debajo: http://terceracultura.cl/2010/06/10/pildorazo-aporofobia/

[2Quizá el primer texto de este tipo sea “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville, la lista continúa con el “ensayo sobre la desigualdad de las razas” de Gobineau, y el super ventas de principios del siglo XX “La decadencia de occidente” de Oswald Spengler. En habla hispana estas ideas arribaron con retardo, eso explica el éxito de “La rebelión de las Masas” de José Ortega y Gasset.

[3“La frenología (del griego: φρήν, fren, «mente»; y λόγος, logos, «conocimiento») es una teoría antigua en la cual se afirmaba que es posible determinar el carácter y los rasgos de la personalidad, así como las tendencias criminales, basándose en la forma del craneo, cabeza y facciones. Desarrollada alrededor del 1800 por el neuroanatomista alemán Franz Joseph Gall y extremadamente popular durante el siglo XIX, hoy en día es considerada una pseudociencia. Ha merecido, sin embargo, cierto mérito como protociencia por su contribución a la ciencia médica con su idea de que el cerebro es el órgano de la mente, y de que ciertas áreas albergan funciones específicamente localizadas.” En http://es.wikipedia.org/wiki/Frenolog%C3%ADa “La vieja criminología era subalterna del derecho penal positivo. Es verdad que debe reconocerse a la escuela positiva italiana la tentativa de de quitarle a la criminología ese carácter subalterno mediante la elaboración del concepto de “delito natural” . Debe, sin embargo, recordarse que era precisamente del derecho penal positivo de donde la criminología obtenía de prestado, sea como fuere, las definiciones de realidad que pretendía en seguida estudiar con el método científico naturalista.” Criminología Crítica y Crítica al Derecho Penal. Alessandro Baratta. Editorial Siglo XXI México, sexta edición año 2000, página 34. Este modo de entender a la delincuencia constituyó el sentido común ilustrado por más de medio siglo rigiendo hasta hace poco en latinoamérica debido al retardo con que se aplica el conocimiento europeo en estas latitudes. Sin embargo en Brasil y Argentina la influencia de los reformadores progresistas positivistas llevó a que se realizaran gigantescos experimentos como la detección de anarquistas italianos por frenólogos en los puertos del atlántico del sur. Además se reforzaron los intereses comerciales en despojar a los indígenas de sus territorios y recursos basados en la “superioridad de la raza blanca y la inferioridad y perversidad natural de los nativos”. Hasta Salvador Allende fue un hombre de su época y realizó su tesis de grado dentro de los cánones de la criminología positiva defendiendo políticas eugenésicas que hoy nos parecen aberrantes. Ver, Socialistas de Ayer y Hoy: http://violenciaycontrol.blogspot.com/2007/03/socialistas-de-ayer-y-hoy.html

[4Marcelo Brunet oficia de columnista del diario la tercera y el mercurio. Es profesor de derecho constitucional en las universidades católica de chile y Andrés Bello. Además ha escrito un libro sobre teoría del derecho y estado («Manual de Derecho Político, Sociedad y Estado»). No quiero atosigar al lector con información innecesaria sólo diré que hace un par de semanas me enfrenté a él en una discusión electrónica vía twitter. Él descalificaba a una mujer, posiblemente estudiante, con una leguleyada tan vulgar como inoficiosa. “El que todos incurramos en un acto reprobable no implica que esta norma haya dejado de ser ley y deba dejar de obedecerse”, dijo. Desde el mero formalismo Brunet tenía razón, incluso su argumento es convincente más allá de nuestro sistema legal que diferencia claramente entre ley y costumbre. El problema comenzó cuando lo interpelé preguntándole si había considerado la teoría del ámbito normal de la norma para emitir un juicio tan tajante. Ignorante de dicha teoría vituperó en contra de la sociología y luego sobre la dogmática penal germana. Antes quiso escapar declarándose aristotélico y por lo tanto liberado “de todos los vicios de la teoría relativista pos cartesiana”. Quiere decir que alguien que hace clases de derecho constitucional, aplicación de la teoría del estado, en dos prestigiosas casas de estudio y es columnista de los dos más importantes diarios escritos admite tener un rezago de un par de milenios en filosofía y casi medio milenio en sociología. Quizá eres anticuado, le dije en aquella oportunidad, para evitar sacar el piso en que se había subido y quedara colgado de sus propias palabras. Pero él continuó, haciendo gala de una prepotencia que sólo un ignorante se puede permitir. Me quedó claro que era un rezagado y no un anticuado; en sus palabras denotaba tanto la ignorancia como el desprecio a todo el saber acumulado de la teoría política desde Aristóteles (tampoco de Aristóteles digamos que sabe mucho) así como de los autores posteriores a Descartes. El incidente habría quedado en el olvido si no es porque un lector de mi bitácora me envió una columna aparecida hace casi dos años en el Mercurio en donde se tildaba a los mapuche lisa y llanamente de terroristas, violentistas y guerrilleros (todo al mismo tiempo sin ningún rigor estagirita). [ http://www.mapuche.info/news/merc080225.html ] Para mi sorpresa el autor del texto es Marcelo Brunet. Si revisamos su blog personal [ http://blog.latercera.com/blog/mbrunet/ ] nos encontramos con ese mismo rostro pálido y lampiño que he mencionado en esta columna. Los que crean justificaciones para el exterminio de los más débiles poseen características morfológicas, y quizá biológicas, que es preciso investigar a la brevedad.

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