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Joaquín Lavín Infante, Ministro de Educación de una Republiqueta

CHILE - ¿Gato en la carnicería o artista conceptual?

Ariel Zúñiga

Viernes 13 de agosto de 2010, puesto en línea por Ariel Zúñiga

“Sólo un país idiotizado puede simpatizar con un presidente que se disfraza en las apariciones públicas y que seguramente veremos con ojotas para las fiestas patrias. Sólo el unánime estupor explica la desidia cotidiana, el apuro por ser el primer vacuno del matadero, el cocinarse a fuego lento para ser devorado por otros, que sólo estalle una bomba al mes debiendo estallar miles al día.”

Hace unos días Mario Waissbluth, ingeniero y advenedizo opinante sobre educación, reconoció en una columna que fue la clase política, de gobierno y oposición, quien le presionara, amigablemente, para que interviniera en la discusión pública. Educación 2020 se transformó así, de la noche a la mañana, en esas típicas organizaciones bananeras que proliferan como moscas en el estiércol de la desidia estatal. Llamo bananera a educación 2020 porque sólo en una republiqueta como la nuestra pueden proliferar ideas tan banales y ser apoyadas por tantos y de un modo tan entusiasta, los que, obviamente, no comprenden ni qué se cocina ni quién comerá.

Waissbluth ha preferido reconocer lo que a todas luces es evidente, que es un entrometido en los temas de educación [1], alguien que sus credenciales le autorizan a referirse al arreglo de motores de fuera de borda o sobre una linea de montaje se dio el lujo de opinar, libremente, sin que nadie le refutara, en todos los medios oficiales a los cuales asistía por turnos en calidad de experto.

Pero esto no es nuevo, el experto en educación indiscutido en los noventa fue José Joaquín Brunner, quién inventó que era sociólogo y nadie le impidió que ejerciera como tal, y que además se autosedignara autoridad en la materia.

Las opiniones son como el culo, todos tenemos uno, hasta yo, el asunto cambia drásticamente cuando esas posaderas se asientan en la poltrona de la experticia, peor cuando existe dinero, poder e influencias para machacarnos noche y día con comentarios de fila del pan como si se tratara de conclusiones científicas, irrefutables, al alcance de todos pues sólo hay que mirar al cielo en donde están escritas y darse por enterado.

Así, de la noche a la mañana Paz Ciudadana se transforma en voz autorizada para referirse a la delincuencia, Javiera Blanco, una mediocre abogada en “investigadora” por trabajar allí como recadera, luego en subsecretaria de carabineros y finalmente en directora de la fundación creada por el dueño del Mercurio. Autoridad autorreferente, derivada de la conjunción tras bastidores del hambre y las ganas de comer, y sin la mínima formación académica ni moral para opinar sobre el asunto.

Lucía Damert, ahora en Flacso, quién sí posee un recubrimiento de conocimientos apurados, imprecisos pero reales, opinaba hace unos días sobre la encuesta Adimark -Paz Ciudadana como una Javiera Blanco con más léxico y mejor acento. ¿De qué sirve formar expertos, financiar sus estudios y farras en el extranjero si sólo se limitan a decir lo que cualquier ignorante, como Javiera Blanco, diría?

Por lo mismo vale mucho la confesión tardía de Waissbluth, valdría más si la honestidad fuera una constante en su aparición pública y no una mera táctica para nadar en aguas turbulentas, en tiempos en que tecnócratas más osados, como Lavín, tienen el sartén por el mango.

¿Por qué trato así a Waissbluth? ¿Por qué soy un amargado, un odiocráta? No, sólo sublimo la rabia que me produce el que este tipo haya secuestrado la discusión pública por dos años y la abandonara cuando estuvo seguro que ningún avance se va iba a producir y que ya se habían materializado varios retrocesos.

Los agentes de una causa, en este caso la destrucción de la educación del país, no se miden por sus propósitos declarados sino por el resultado de sus actos. Educación 2020 entrampó la discusión desde la caída de Provoste hasta la fecha actuado de grupo de choque patronal en contra del gremio de los profesores y los estudiantes organizados. “La educación del país no soportará una nueva movilización” dijo Waissbluth cada vez que profesores o alumnos reivindicaron derechos de modo organizado. ¿Por qué nadie le explicó a este señor que los jóvenes deben aprender matemáticas y también qué es una democracia y un estado de derecho? Vil caricatura de tecnócrata, rompehuelgas de tiempo parcial, activista “apolítico”, “ingenuo”, “simple ciudadano” con columna asegurada. Qué mejor regalo a nuestra clase dirigente que un experto aficionado hablando de la educación como si se tratara de apilar cajas en una bodega.

Mejorar a la educación y la calidad del profesorado pero sin los profesores ni los alumnos, ellos siempre han sido “un riesgo”, un grupo de mediocres que defienden privilegios. Nadie se tomó la molestia de explicarle a este ingeniero industrial que transformar una organización humana no es reparar una turbina que se pueda parar el tiempo que sea necesario y cambiar todas las piezas. Hablamos de seres humanos, con intereses y también con una cultura impresa en ellos, los que además son titulares de derechos tan básicos como el de patalear.

El modo de actuar en la realidad no es comparable a una máquina, no se debe ser buen mecánico ni calculista se debe ser un buen político. Waisblut reconoce que es un aficionado a temas de educación y también a la política lo que no me cuadra es cómo su mayor error ha sido el negligente uso de su arte, la ingeniería.

La ingeniería no es otra cosa que la aplicación del saber científico técnico acumulado a un proyecto, esto es, a una obra idónea para el cumplimiento de un fin. La ingeniería es neutra, puede servir para arrojar una bomba atómica o construir un puente para llegar más rápido a un hospital. Y siendo neutra puede aplicarse en cualquier tarea salvo una, a la definición de los objetivos. La ingeniería es funcional a los objetivos que la trascienden.

La educación puede ser intervenida con la ingeniería pero en ningún caso puede arrogarse el lugar de definir qué es la educación ni qué educación debe tener el país.

En el 2020 tendremos una buena educación era el eslogan pero ¿Qué es una buena educación? ¿Chile tiene una mala educación?

Una educación bananera para un país bananero.

El error garrafal de Waissbluth (siempre y cuando seamos indulgentes con él y consideremos su fallida actividad pública como una equivocación) ha sido olvidar que Chile no posee una estrategia de desarrollo. Cuando se dice que nuestro país será “desarrollado” en diez años lo que se está afirmando es que nuestro PGB será similar al de los países desarrollados, sólo eso, pero con una distribución del ingreso aún peor que la actual en donde los ricos ganan 29 veces que los pobres.

Chile “crece”, a fuerza de sobre explotar los recursos naturales. Fuera de las pesqueras, madereras, productoras de celulosa y mineras, las únicas empresas que obtienen ganancias crecientes son los bancos y casas comerciales que gestionan el dinero de los condenados a padecer la pobreza con menores o mayores comodidades.

Así como va el país pronto tendrá el ingreso bruto de España pero con la desigualdad de Burkina Faso.

Entonces ¿qué es una buena educación? ¿la que reciben en un país desarrollado? ¿o la que necesita el país que ha definido la elite?

La educación que recibimos los chilenos nos basta y nos sobra para desenvolvernos en este país ramplón y feudalizado. Sólo la ignorancia antológica de la mayoría de nuestros compatriotas puede explicar los altos niveles de aprobación que hasta hoy tiene Michelle Bachelet, existe un 77% que aún no entiende que ella es la responsable del gobierno peor evaluado en dos décadas. Sólo un país idiotizado puede simpatizar con un presidente que se disfraza en las apariciones públicas y que seguramente veremos con ojotas para las fiestas patrias. Sólo el unánime estupor explica la desidia cotidiana, el apuro por ser el primer vacuno del matadero, el cocinarse a fuego lento para ser devorado por otros, que sólo estalle una bomba al mes debiendo estallar miles al día.

Para los dueños del país Chile está muy bien como está. Los colegios particulares de excelencia, que cuestan el doble o más al mes que el arancel de una universidad, obtienen resultados comparables con los peores establecimientos de Europa. Los colegios fiscales, por su parte, se pelean palmo a palmo los peores lugares con países africanos que deben lidiar con el SIDA, las guerras tribales y el hambre.

Debemos mejorar la educación decía Waissbluth, para qué diablos se preguntaban los dueños del país, cambiar es reconocer que estamos haciendo algo mal y eso sería el principio del colapso.

El ingeniero Waissbluth quizá sabe mejor que nadie llegar a un fin pero no entiende ni en qué país vive ni en qué planeta está emplazado. Cambiar la educación sólo es un objetivo cuando previamente hemos, o se ha, decidido que el país cambiará. Si sólo se trata de alimentar los guarismos y llegar a algún día a ser desarrollados nominales, calculadora en mano, la educación que tenemos ahora es la mejor ¿Acaso necesitamos comprender de física cuántica para cosechar uvas en ambientes saturados de pesticidas? ¿Necesitamos bioquímicos para que sean enterrados vivos en una fosa como ha ocurrido en la mina San José? Es más, mientras más estúpidos seamos más a bien tomaremos las lágrimas de cocodrilo del ministro Golborne, el mismo que no recibió a los mineros porque atendía asuntos más importantes (el mundial de fútbol en Sudáfrica) o los rezos de Piñera quién nos quiere convencer que la fe cava montañas y resucita a los mineros.

La propuesta Lavín.

Joaquín Lavín Infante es por lejos el político exitoso con más fracasos a cuestas.

Lo he dicho hasta el cansancio, hace bastante que se merece el premio nacional de arte, nadie como él ha sido capaz de transgredir los límites de lo posible, sus intervenciones públicas compiten palmo a palmo con las de Christo o Spencer Tunic. Sillas para salvavidas en el paseo Ahumada 125 kilómetros al este del pacífico, bombardeo a las nubes de la comuna de Las Condes sin rozar a las de Providencia o La Reina, botones de pánico como placebos de seguridad, etc. Su última creación ha sido los semáforos del SIMCE, una muestra más de su ilimitado ingenio a la hora de crear obras inútiles.

Sin embargo fue aplaudido medio día por su anuncio de subsidiar a los estudiantes con buenos puntajes que opten a pedagogía. Sólo medio día pues a las horas quedó en evidencia que los subsidios habían sido creados por Bachelet, Lavín sólo agregaba un par de premios: Ochenta lucas mensuales y una pasantía.

Cómo todos tenemos un trasero, Waissbluth volvió a la carga con su impertinente opinión cubierta prestamente por la prensa. Y dijo algo que no deja de ser cierto, por lo obvio y ambiguo, “se trata de una medida que de no ser complementada con otras, como la mejora de los sueldos de los profesores y una carrera docente, será ineficiente”.

Hasta aquí estamos de acuerdo, nuevamente topamos con el problema explicado anteriormente. Lo bueno y lo malo, lo eficiente o lo eficiente, dependerá del fin perseguido. Si este es que los estudiantes se eduquen bien no resolvemos la pregunta, sólo la trasladamos. Antes de preocuparnos de si será una buena o mala medida definamos un para qué.

Lavín nos dice que los puntajes de ingreso a pedagogía son muy bajos, por lo tanto los futuros profesores son hoy malos alumnos ¿cómo formarán a buenos alumnos en el futuro?

Los profesores consideran que el ministro culpa nuevamente al magisterio y no se hacen cargo de los magros resultados académicos de quienes deben formar a las futuras generaciones. Si se quiere mejorar un poco la situación debe reconocerse esta realidad evidente, y además se debe investigar sobre la causa.

La razón por la que alumnos con puntajes tan bajos sean admitidos en las universidades es producto del libre mercado desatado que Lavín y los suyos ha propiciado en educación. Para ellos, tecnócratas y fanáticos, educar y vender papas fritas es exactamente lo mismo. En vez que reconocer que la libre competencia en el “mercado de la educación” sólo ha servido para los empresarios del rubro, y a las entidades crediticias, confían en que todo cambiará colocando las zanahorias delante del caballo y el garrote en su cola. Esto se llama, en nuestros talleres chasquilla “cagastra”, es decir, cagada tras cagada, y ocurre cuando se insiste en remediar fallas sin saber cual es la falla. Como Lavín es un fanático, las fallas del mercado de la educación las quiere remediar con más mercado de la educación.

Esto siempre y cuando creamos que quiere arreglar algo pues, como dije, dejar todo como está es funcional a los intereses de nuestra elite.

Desmenuzando el proyecto Lavín.

Arancel gratis para pedagogía y ochenta mil pesos para el bolsillo parece una buena oferta, pero sólo para alguien pobre, pero no tanto. Pobre porque es quizá el único modo de estudiar; no tanto porque de todas formas requiere una familia detrás que lo apoye con alojamiento. Quien es pobre, pero no tanto, quizá no quiera aceptar este regalo griego que lo condenará a un mísero sueldo probablemente de por vida. Con un buen puntaje preferirá otra carrera en vez que pedagogía aunque deba fregar platos para financiarlo y endeudarse de por vida.

En el caso de los más pobres, quizá los únicos dispuestos a conformarse con ser profesores sobrecalificados y malpagados, de todas formas se quedarán fuera de la universidad, aunque sea gratis, aunque les paguen 80 mil pesos mensuales (150 dólares). Para que los pobres puedan estudiar es preciso no sólo becas de un cien por ciento del arancel y que incluyan efectivamente todos los costos de la educación es decir, transporte, salud, alimentación, vestuario, alojamiento, libros y copias, materiales de trabajo, etc, sino que además cubran el costo de oportunidad que les significa entrar a una universidad en vez que al mercado laboral.

Ochenta mil pesos apenas compensa los costos directos, y ya es difícil que un pobre saque 700 puntos. Por lo que el incentivo no va, precisamente, a quienes necesiten esas 80 lucas sino a quienes las recibirán como un ingreso adicional, los cuales no arriesgarán su futuro por tal marginal ahorro.

El costo de oportunidad por estudiar es altísimo y no se quiere asumir por el estado, las familias chilenas son muy unidas y un joven pobre para estudiar debe continuar en una situación de miseria, que es la de la familia, con hacinamiento, problemas de calefacción e incluso hambre en su seno familiar. Por lo tanto es urgente que aporte con un ingreso una vez que cumple edad para trabajar, estudiar lo transforma en una carga así como la familia es una carga para él.

Antes que la cultura de la pobreza, el embotamiento, la desesperanza aprendida, la falta de aprecio a las actividades puramente intelectuales, se debe entender que si bien todo conspira para que un pobre no pueda comenzar o culminar sus estudios universitarios el dinero fiscal puede hacer la diferencia. Los pobres que heroicamente estudian no les basta que se les pague la carrera y unas chauchas para el bolsillo, requieren que el Estado les pague un sueldo, de modo que puedan o vivir separados de sus familias o apoyarlas económicamente para que no deban éstas costear de modo indirecto el costo de oportunidad.

Usted dirá que es exagerado lo que propongo, no es así, el Estado gasta tres veces lo que he propuesto por cada joven preso sin contar los costos del sistema policial y judicial. El dinero abunda para castigar y se mezquina cuando se trata de invertir en las futuras generaciones.

Un estudiante de colegio fiscal que llega a los 600 o 700 puntos en la PSU posee no sólo los conocimientos sino que la solvencia de carácter para comprender que se debe desconfiar de los regalos griegos; quienes normalmente obtienen 600 o 700 puntos en Chile han recibido desde los 10 años mesadas de 80 lucas por lo tanto ellos no podrían ser seducidos con esa oferta, además que les es irrelevante que sea gratis el arancel porque la universidad les sale más barato que sus colegios. Para quienes 80 lucas los motiva, no tienen cómo llegar a ese puntaje, esa es la realidad, y si llegan a ese puntaje saben de sobra que esa «carrera regalada» sí hay que mirarle los dientes porque si se han esforzado para obtener esos puntajes no es para quedar en el mismo sitio, mucho trabajo para quedar igualmente pobres. Su apuesta es demasiado alta por lo mismo preferirían trabajar limpiando baños y estudiar derecho, alguna ingeniería o una carrera de la salud en vez que aceptar esta oferta. En una carrera técnica les iría mejor aunque deban pagar el arancel y no reciban dinero para el bolsillo.

Más que el costo del arancel la barrera entre quienes estudian y quienes no, es el costo de oportunidad, sus familias no sólo carecen de recursos para pagarles la carrera sino que necesitan que ellos perciban ingresos de modo urgente, no pueden esperar cinco años de carrera.

Por lo tanto la oferta es sabrosa para quienes no la necesitan y superflua para quienes sí la necesitan.

Cambiar la educación, cambiar el país.

Si se quiere resolver la mala calidad de la educación, y hacerlo en serio, hemos de hacernos cargo de nuestro destino, emanciparnos de la elite que nos quiere ignorantes y estúpidos.

Hace falta dinero, es cierto, pero antes hace falta recobrar la soberanía. Sólo un país nuevo requiere una nueva educación por lo que el desafío no es arreglar lo que se hace en las aulas solamente.

La educación no se mejora en abstracto, no existe una buena educación en sí, sólo es posible hacerlo luego de haber definido una estrategia de desarrollo en la cual esa educación se signifique y pueda este nuevo país incorporar laboralmente a técnicos y profesionales nuevos comprometidos con la transformación y formados para ella. Sistema productivo y educación no sólo deben ser compatibles sino que deben actuar como un tándem.

Hoy dejamos que unos cuantos ricos vendan nuestros recursos naturales y cobren por gestionar nuestro silencio, haciéndose millonarios en la pasada, si queremos recobrar nuestro destino debemos recuperar nuestros recursos naturales, empezando por los minerales y energéticos, y esas riquezas financiarán la educación de calidad que necesitamos; y esos ciudadanos bien educados serán la garantía para que nunca más nos estafen, roben y exploten.

Cuando hablamos de trasformar la educación hablamos de hacer de nuevo a Chile, independizarlo por vez primera. Cuando ellos hablan de mejorar la educación sólo piensan en dejar todo tal cual está pues para la elite Chile es la copia feliz del edén.

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