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Notas para la reinterpretación de la economía

Nicolás Chadud

Jueves 23 de abril de 2009, puesto en línea por Nicolás Chadud

El presente escrito se refiere a la necesidad de redimensionar el estudio y la reflexión en torno a la economía. Pero no por medio de una perspectiva estrictamente economicista, opción que se encuentra bastante agotada y desacreditada para el ciudadano medio. En este sentido sugiero plantear en torno a la economía algunos puntos que podrían cooperar en revitalizar la discusión desde las ciencias sociales.

La discusión adquiere relevancia en un contexto histórico en el cual se sitúa a la economía como una ciencia exacta y, por tanto, como verdad absoluta; objetiva y válida para todas las sociedades humanas. Por esta razón, se requiere hacer un gesto filosófico-político, que al menos ponga en evidencia parte del problema que instala tal fundamentalismo moderno, puesto que a través de su retórica pareciera colonizar al resto de las esferas académicas y societales, impidiendo -a priori- situarse por fuera de la supuesta “razón y verdad lógica”.

Se hace menester advertir que “la verdad científica” sólo tiene sentido en un entramado arqueológico; propio de códigos, símbolos, cifras, nomenclaturas, conceptos y categorías, que se ha dado desde su origen y para si misma una ciencia. Una especie de marco teórico, que se hace imprescindible para legitimar racionalmente -léase ideológicamente- cualquier tipo de afirmación o negación en torno a un hecho o problema definido como tal. Por tanto, no es posible encontrar una verdad en si misma, solamente podemos obtener una determinada realidad parcial de acuerdo “al lente” que hemos de utilizar. Esto último es válido para cualquier esfuerzo epistemológico que se (auto) denomine como ciencia.

El problema de las sociedades modernas no se encuentra precisamente en la búsqueda de una verdad científica. En tanto acción humana legítima que pretende encontrar un determinado paradigma o un cierto instrumento –como en este caso la economía-, para producir mayores niveles de bienestar material en una comunidad determinada. Lo mismo se podría decir respecto a la teoría democrática, sería bastante absurdo si, por ejemplo, midiésemos los avances, estancamientos o retrocesos de una sociedad en general en base únicamente a dicha teoría en particular y sus variables respectivas.

Lo problemático estaría dado en concebir a la economía (del capital), la que opera “aquí y ahora”, con mayores o menores niveles de sofisticación y control, como un “hecho natural, espontáneo e inherente al ser humano”, homologándola a ratos a la milenaria actividad del comercio, sin dar cuenta de las mutaciones que introduce el capitalismo mismo, -a pesar de no poseer un eje neurálgico-; como la propiedad privada de los medios de producción, la producción industrial en masa y la consecuente expropiación -del capital- de los bienes producidos socialmente por un sector mayoritario de la población y ,más recientemente, la especulación financiera; característica central de las actuales economías de mercado, que confirma la vocación mundial del capital y la superación con creces del capitalismo como un mero modo de producción.

La paradoja del actual discurso hegemónico es que utiliza una verborrea que deja entrever a la economía capitalista y el funcionamiento que ello implica, como “algo dado”, “natural” y casi propio del mundo divino, como si se hubiese forjado desde los inicios de los tiempos, al igual que el Estado policiaco moderno. Lo que en la praxis significa la naturalización de lo social. Es decir, justificar en cualquier contexto y en los diversos poderes [1] de la sociedad, la mantención de las estratificaciones, jerarquías y privilegios, dejando completamente vetada la discusión en torno a ¿cómo se retribuye de manera justa el aporte que cada ciudadano realiza en la comunidad? o sobre la viabilidad de un modelo que apuesta a la conjugación de un sistema democrático en lo político y antidemocrático en lo social y económico.

Bajo esta premisa el actual sistema económico estaría consagrado como un fin en si mismo, inmutable en el tiempo, que no obedece a la voluntad, interacción o el aprendizaje humano. Adicionalmente, la ideología predominante hace fluir un mensaje optimista (progresista) sobre el rol democratizador de sus instituciones (ONU, FMI, OMC, etc.) para neutralizar las iniciativas de ruptura y así mantener las estructuras básicas de poder dominante. En el cual el Estado Social y/o Interventor es percibido por los “economistas puristas” como anacrónico y fuera de lugar desde el fin de la Guerra Fría.

A modo de ejemplo, la Política Exterior estadounidense posee un discurso normativo y consistente desde la era Reagan ante la Comunidad Internacional, en cuanto a liberar los modelos económicos y los subsidios o cualquier tipo de proteccionismos en las economías domésticas como factor de desarrollo, retórica utilizada también por el actual gobierno. Sin embargo, las principales medidas del equipo económico de Obama apuntan exactamente en un sentido contrario. El Estado se ha propuesto transferir recursos exhaustivos para salvar a la ineficiente industria del automóvil, que podrían ser destinados a la compensación de los millones de africanos, iraquíes o palestinos que víctimas de políticas coloniales apoyadas por Estados Unidos, no poseen acceso al agua potable o lo suficiente para alimentarse tres veces al día. Es decir, el libre comercio se fomenta siempre y cuando no deje de ser inconveniente para los grandes conglomerados e intereses económicos mundiales.

En el caso chileno, a su vez, el empresariado insiste en que el Estado intervenga lo menos posible en la economía, siguiendo las lecturas “cuasi sagradas” de Von Hayek y Milton Friedman. Sin embargo, cuando el dólar disminuye su precio en el mercado local, los grandes exportadores son los primeros en pedir audiencia al Gobierno de turno para que se aplique a la brevedad alguna “medida excepcional”, que revierta el efecto de la relación entre oferta y demanda.

Por su parte, el escandaloso caso de colusión de precios de las grandes cadenas farmacéuticas ha revelado el cuestionable paradigma del laissez faire [2] para asegurar la libre competencia y el consecuente beneficio para los consumidores. Cabe enfatizar que para los profetas economistas el rubro de las farmacias se había convertido en un caso emblemático de prosperidad y competencia perfecta, puesto que si bien se habían reducido a sólo tres empresas, cada una ocupaba un espacio económico similar en el mercado nacional.

Se evidencia, desde luego, que la economía ha superado su legítima pretensión de convertirse en ciencia y, por tanto, en creer que es posible encontrar una “verdad objetiva y técnica”, válida para todos, en cualquier contingencia. Es por esta razón que los economistas se sienten con el “derecho soberano” de decidir sobre qué asunto debe ser preocupación y prioridad de la ciencia económica o del Estado y cuáles otros temas no deben ingresar en la agenda país.

Así planteada las cosas, el funcionamiento de la economía escaparía a la voluntad de los “seres humanos comunes y corrientes”, lo que da cuenda de una verdadera sacralización de la misma. En este caso, sería inútil como sociedad política, hacernos cargos de la exclusión, desigualdad social o la falta de oportunidades para que las personas puedan desarrollar sus potencialidades en un contexto de libertades plenas.

Comentarios y sugerencias finales.

Se hace menester repolitizar la economía y dejarla perecer como patrimonio de una élite tecnificada. Se le debe dotar de un sentido estratégico para el cambio, pero en una perspectiva instrumental y en ningún caso como una esfera independiente y autorregulada, que le permita a un país, comunidad o sociedad política mejorar sus niveles de bienestar y satisfacción material.

En términos metodológicos la política nos debe señalar la ruta a seguir; para enfrentar los objetivos, conflictos y desafíos de una sociedad y la economía nos debe ayudar a desarrollar el ¿cómo cumplir esos objetivos? Actualmente la dimensión económica inunda todos los campos de saber e incluso al conjunto de las esferas de la sociedad política, pretendiendo responder simultáneamente el ¿qué?, el ¿cómo? Y el ¿cuánto?

Si bien existe un discurso transversal políticamente correcto en contra de los monopolios privados. El primer monopolio que se debería enfrentar argumentalmente, sería el monopolio discursivo que ostentan los economistas, que no han tomado la palabra, se adueñaron de ésta [3]. La supuesta experticia técnica sobre el libre comercio ha devenido en un totalitarismo de mercado, que extrañamente encuentra su famoso punto de equilibrio, enseñado con tanto entusiasmo en las aulas universitarias.

Se requiere que la política entregue una cierta “carta de navegación” y no conceda “un piloto automático”, permitiendo pensar la economía, no desde la perspectiva particular de quienes ejercen mayor dominio económico en un país, como pueden ser los grandes capitalistas(inversionistas) –que operan a ratos a través de la especulación financiera-, individuos que prescinden precisamente de las “grandes decisiones económicas” del Gobierno para asegurar su bienestar, debido a que ya poseen la capacidad factual para influir, cooptar o capturar al Estado.

El Estado sigue siendo el actor político y económico soberano por excelencia, puesto que ha hecho posible un modelo histórico-económico relativamente estable y duradero (mas no necesariamente sustentable); ya sea para incentivar formalmente el intercambio comercial entre los países e internamente o para acotar los mercados. Así como también, la que suele ser la alternativa socialdemócrata o socialista, para competir o regular el mercado y asegurar ciertos bienes públicos y servicios sociales, como condición para democratizar a la sociedad y aumentar así los grados de participación económica e inclusión social de la mayoría.

Los soberanos del saber-poder económico insisten en que la crisis actual se debe en buena medida a la falta de control sobre las diversas tecnologías y maniobras del sector financiero especulativo y no a factores estructurales, como el subsidio que aplican las grandes economías mundiales, en desmedro de las exportaciones de los países subdesarrollados y del Tercer Mundo, que operan como verdaderos embargos de las naciones más pobres, ocasionando la muerte de miles de niños diariamente.

Por de pronto, se hace imprescindible reapropiarnos de la discusión coloquial socioeconómica en los espacios públicos y privados; en la calle, hogar, universidades y centros de estudios, como condición para un cambio cultural y de época, que permita una emancipación de mayores efectos, dejando atrás los resabios de una economía colonialista, (des)integrada y absolutamente desigual.


Nicolás Chadud es Cientista político de la Universidad Arcis.

Reproducción por iniciativa del autor.

Disponible en Revista Hoja de Ruta

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[1Económico, social, político o cultural

[2En español: política de no intervención o “dejar hacer”

[3En este punto se encuentra el desafío principal de las ciencias sociales al respecto

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