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CHILE - Ese pueblo al que decimos amar, representar, dirigir o acompañar

Fesal Chain

Miércoles 28 de abril de 2010, puesto en línea por Ariel Zúñiga

He escrito bastante sobre la izquierda chilena, aunque dudo que no lo siga haciendo. A veces puede parecer una obsesión, a veces un majadería, especialmente cuando me centro en ella para desde ahí desarrollar mis críticas al sistema en su conjunto. A más de alguien le ha parecido que equivoco el objeto de partida y de llegada, que puedo llegar a ser un francotirador confundido con un rifle de palo. Sin embargo, insisto en que es demasiado simple y facilista analizar y criticar a la derecha chilena, desde ella no lo puedo hacer, no soy de derecha ni pertenezco a las clases y grupos sociales que la conforman y sustentan, y por lo demás, más allá de sus transformaciones, se puede afirmar con cierta seguridad a propósito de sus históricas motivaciones y acciones: «Nihil novum sub sole».

Creo que es bueno cambiar de objeto de análisis, aún cuando se refiere sin dudarlo a la izquierda nuevamente, pero desde una perspectiva fundamental y renovadora. Ya no se tratará de observar a la izquierda en cuanto tal, es decir su organización interna, sino de observar aquello que la misma izquierda observa y agita con enorme ímpetu. Es decir, que intentaré reflexionar sobre la mirada de la izquierda (su ojo) y a la vez sobre lo que mira y pretende que sea el sujeto de la transformación sistémica. El pueblo. Y de como a partir de una cierta mirada se construyen modelos y propuestas.

Para esto he elegido un texto central de la Novela Ana Karenina de León Tolstoi, que introduce un posterior diálogo y discusión entre dos hermanos, Sergio Ivanovich y Constantino Levin, que vale mucho la pena leer, observar profundamente y analizar, para introducirnos en las ya antiquísimas miradas contradictorias sobre el pueblo mismo [1]:

«Sergio Ivanovich Kosnichev quiso descansar de su trabajo intelectual y, en vez de marchar al extranjero, según acostumbraba, se fue a finales de mayo al campo para disfrutar de una temporada al lado de su hermano.Constantino Levin se sintió muy satisfecho recibiéndolo, tanto más cuanto que en aquel verano ya no contaba que llegase su hermano Nicolás. A pesar del respeto y cariño que sentía hacia Sergio Ivanovich, Constantino Levin experimentaba al lado de su hermano un cierto malestar. La manera que tenía éste de considerar al pueblo le molestaba y le hacían desagradables la mayoría de las horas pasadas allí en su compañía. Para Constantino Levin el pueblo era el lugar donde se vive, es decir donde se goza, se sufre y se trabaja. En cambio, para su hermano, era, de una parte, el lugar de descanso de su labor intelectual, y de otra, como un antídoto contra la corrupción de la ciudad, antídoto que él tomaba con placer comprendiendo su utilidad.»

Una primera cuestión digna de análisis es cómo comienza el párrafo, habla del pueblo, pero de este como «un lugar». Efectivamente si uno lee con detención, el narrador se refiere al pueblo como uno hablaría de la ciudad, de la comuna, del barrio. Sin embargo no es fortuito que no haya una clara diferencia a lo largo del texto entre «el pueblo» como lugar y «el pueblo» como gente humilde, como grupo social y cultural empobrecido y trabajador. Pues quienes habitan el pueblo, la gente humilde, son el pueblo mismo, como así también lo propiamente geográfico «el pueblo»como lugar, conforma a un tipo de gente o grupo social, cultural y político. Se trata en suma, de la vieja concepción de la geopolítica germana tan en boga a fines del siglo XIX en Europa y en Rusia, un país en vías de europeización y también en reacción asiática a dicha influencia. Así, «para Constantino Levin el pueblo era bueno porque constituía un campo de nobles actividades: algo indiscutiblemente útil. Para Sergio Ivanovich era bueno porque allí era posible y hasta recomendable no hacer nada»:

"Además, Constantino estaba disgustado con su hermano por el modo que tenía éste de considerar a la gente humilde. Sergio Ivanovich decía que él la conocía mucho y la estimaba; a menudo hablaba con los campesinos, lo que sabía hacer muy bien, sin fingir ni adoptar actitudes estudiadas, y en todas sus conversaciones descubría rasgos de carácter que honraban al pueblo y que después se complacía él
en generalizar.Este modo de opinar sobre la gente humilde no placía a Levin, para el cual el pueblo no era más que el principal colaborador en el trabajo común. Era grande su aprecio hacia los campesinos y el entrañable amor que por ellos sentía–amor que sin duda mamó con la leche de su nodriza aldeana, como solía decir él–, y considerábase él mismo como un copartícipe del trabajo común; y a veces se entusiasmaba con la energía, la dulzura y el espíritu de justicia de aquella gente; pero en otras ocasiones, cuando el trabajo requería cualidades distintas, se irritaba contra el pueblo, considerándolo sucio, ebrio y embustero."

Por una parte Sergio Ivanovich, que viene de la ciudad y que no habita el lugar, ni trabaja codo a codo junto al campesino en las labores de la agricultura, afirma que conoce mucho a los campesinos y que cada vez que conversa con ellos es capaz de descubrir rasgos de carácter que los honran. Sergio Ivanovich no ve sino actitudes y modos en extremo positivos y sólo observa aquello, y entonces realiza generalizaciones que serían atributos permanentes de todo el pueblo campesino. Es decir, (y en otras traducciones de la novela sale más claramente), Sergio Ivanovich hace propiamente un ejercicio teórico idealista. A partir de ciertas observaciones, tiene una idea general del campesinado, y sólo de sus atributos positivos, y cuando los confronta en el diálogo, esta idealización se reafirma a la vez que todo aspecto posiblemente negativo, al no estar presente en la idea o teoría, no es observado ni ratificado.

Por otra parte Constantino Levin mira y convive con el campesinado en la riqueza de su actividad real, no meramente desde el diálogo o desde una idea preconcebida. Así desde su posición casi de hermano (en el sentido literal dada la situación inigualable de compartir la leche y el trabajo cotidiano) valora al campesinado como colaborador en la tarea común, se entusiasma con sus cualidades y se enoja con sus características negativas en relación a los incumplimientos en este trabajo común y en sus costumbres descuidadas y cazurras.

«Si hubieran preguntado a Constantino Levin si quería al pueblo, no habría sabido qué contestar. Al pueblo en particular, como a la gente en general, la amaba y no la amaba a la vez. Cierto que, por su bondad natural, más tendía a querer que a no querer a los hombres, incluyendo a los de clase humilde. Pero amar o no a éstos como a algo particular no le era posible, porque no sólo vivía con el pueblo, no sólo sus intereses le eran comunes, sino que se consideraba a sí mismo como una parte del pueblo y ni en sí mismo ni en ellos veía defectos o cualidades particulares, y no podía oponerse al pueblo.»

En este párrafo hay ya una correspondencia total entre pueblo y y gente humilde o pobres. Pero vamos a lo central. Constantino Levin no hace la diferencia idealizada de Sergio Ivanovich. No puede. En la práctica concreta de trabajar junto al campesino y de vivir con él, Levin lo ve además, como se ve a sí mismo, y como gente en general. Es su mundo, el pueblo partícularísimo de su hermano no es sino para Constantino, la vida real, la gente en general, en la que el se mueve y de la que es parte. Levín no hace diferencias sustanciales, pues de alguna manera es capaz de rescatar la igualdad inherente de los hombres y mujeres más allá de sus diferencias en la producción, lo común. Y no podría oponerse al pueblo, pues no puede oponerse a sí mismo, y como en el párrafo anterior ya explicado, no puede tampoco idealizar, pues no vive en la idea preconcebida o en tipologías ideales, sino en la actividad real, en la relación social con sus generosidades y miserias.(...)

Y por ello mismo,en el texto se reafirma que Constantino Levin (...) «no tenía sobre el pueblo opinión definida. Si le hubiesen preguntado si conocía al pueblo o no, habríase visto en la misma perplejidad que al contestar si le amaba o no le amaba. Decir si conocía al pueblo era para él como decir si conocía o no a los hombres en general.» El conocimiento no puede ser inmutable en la medida que aquello que uno conoce no lo es, es dinámico y cambiante, negativo y positivo. Y se reafirma esta mirada o modo de conocimiento real cuando describe que Constantino, «en principio estudiaba y sabía conocer a los hombres de todas clases y entre ellos a los campesinos, a los que consideraba buenos a interesantes. A menudo, observándolos, descubría en ellos nuevos rasgos de carácter que le llevaban a modificar su opinión anterior y a formarse nuevas y distintas opiniones».

«Sergio Ivanovich hacía lo contrario. Del mismo modo que alababa y amaba la vida del pueblo por contraste con la otra que no amaba, así amaba también a la gente humilde por contraste con otra clase de gente, y de una manera absolutamente idéntica conocía a esta gente como algo distinto y opuesto a los hombres en general. En su metódico cerebro se habían creado formas definidas de la vida popular, deducidas parcialmente de esta misma vida, pero deducidas también, y en mayor parte, por oposición a la contraria».

Me recuerda este párrafo la ya tradicional discusión del humanismo burgués y del humanismo proletario en Anibal Ponce. Simplificando: Eugenio González, rector de la Universidad de Chile y creador de la FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA DEL PROGRAMA DEL PARTIDO SOCIALISTA del año 1947, afirmó que «Nuestro Partido representa en Chile el impulso histórico del verdadero socialismo y la auténtica doctrina socialista que recoge para superarlos – y no para destruirlos - todos los valores de la herencia cultural como un positivo aporte a la nueva sociedad que deberá erigirse sobre el mundo capitalista en bancarrota».

En contraposición a ello, el marxismo-leninismo como cuerpo teórico indivisible y también en su variante estalinista, afirmaba parafraseando a Ponce, «que el humanismo (burgués), que en un principio fue instrumento de lucha contra los privilegios del orden feudal y de la Iglesia, se convirtió en un instrumento para estabilizar los privilegios de la burguesía “... y por eso (porque enseñó como nadie a desinteresarse de la acción y a aceptar el orden constituido) el humanismo, transformado en «humanidades» pasó a ser desde entonces hasta hoy, el ideal educativo de las clases gobernantes”. Así»sólo el proletariado, capaz de echar por tierra la explotación burguesa, podría construir “sobre la base de una nueva economía, las premisas necesarias que asegurasen a las grandes masas el acceso a una vida embellecida por la dignidad y la cultura”. (...) A propósito de la descripción de las actividades que los hombres y mujeres de la “Rusia Nueva” desarrollan en las fábricas, las granjas, los laboratorios y las escuelas, Ponce resalta el verbo construir." [2] De esta manera dado que el proletariado era la clase principal, llamada a superar el capitalismo, ésta también tenía rasgos, valores y conocimientos particulares y en franca oposición al humanismo burgués. Del humanismo anterior nada podría ser rescatado.

Es evidente a estas alturas del desarrollo histórico, que la concepción de que una clase social determinada, por su posición en la división social del trabajo y de su rol en las relaciones sociales de producción, monopoliza y representa por una parte todo el mal del mundo o todo el bien, es insostenible y maniquea. Como es insostenible la idealización en Sergio Ivanovich y sus juicios invariables. Ambos ejemplos no se basan en la historicidad y las relaciones sociales reales y en las acciones y características de cada clase o agrupación, sino en la idealización o expectativas sobre dicho grupo o clase, es decir en las propias ideas platónicas de un investigador, de un filósofo o de un Jefe político.

Finalmente una cuestión de la máxima importancia: (...) Constantino Levin tenía a su hermano por un hombre de inteligencia y cultura, noble en el más elevado sentido de la palabra y dotado de grandes facultades de acción en pro de la sociedad. Pero en el fondo de su alma y a medida que aumentaba en años y conocía mejor a su hermano, tanto más a menudo pensaba que aquella facultad de servir a la sociedad, de la cual Constantino Levin se reconocía privado, quizá, al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. No un defecto de algo, no una falta de buenos, nobles y honrados deseos a inclinaciones, sino una carencia de poder de vida efectiva, de ese impulso que obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea de vida entre todas las innumerables que se abren ante él.

Es decir se trasluce en este párrafo, la peligrosidad efectiva de la idealización, producto de un trabajo teórico o ideal absolutamente desligado de las prácticas, de las relaciones concretas «en el pueblo mismo y desde él» y de la observación de sus fortalezas y limitaciones. (Al fin y al cabo, no fuera una cualidad, sino más bien un defecto. (...) una carencia de poder de vida efectiva, de ese impulso que obliga al hombre a escoger y desear una determinada línea de vida entre todas las innumerables que se abren ante él).

Un sujeto determinado o un partido, al idealizar en extremo, toma sobretodo posición por aquello que piensa y cree, solamente por sí mismo y no como es deseable optar ante las innumerables realidades que se abren ante él, negando así la riqueza de la realidad, la realidad misma que lo rodea y de la cual es parte y al otro como existente. Y así, «construye» un modelo de vida y de sociedad que nada tiene que ver con los grupos y clases que dice representar o dirigir, para en el proceso terminar imponiendo de modo totalitario a todo otro y al pueblo mismo, un modelo ideal de conducta, que exige rasgos y atributos preferentes a quienes difícilmente los poseen de manera exclusiva. El no cumplimiento es la vigilancia y el castigo. Como pasó en la Revolución Rusa en su período estalinista y posterior, y como ha pasado en todos los procesos del socialismo que fracasaron en el mundo, y que posiblemente fracasarán por lo mismo.

Probablemente, es desde la mirada de Ivanovich, del estalinismo, de Ponce, por nombrar algunos, que se ha construido en la mente de la izquierda, ese pueblo al que decimos amar, representar, dirigir o acompañar. Y que ha convertido no pocas veces, a la izquierda en victimario y al pueblo en víctima. Ya es hora de volver a Eugenio González, ya es imperioso volver al pueblo real y concreto de Constantino Levin.

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[1Tolstoi, León, Ana Karenina. Tercera parte, pags. 247-249

[2El humanismo en los ensayos de Aníbal Ponce: alcances y limitaciones, por Adriana Arpini, CECIES, Pensamiento Latinoamericano y Alternativo.

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