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Una boda en plena crisis mundial

Wililam Mundarain V.

Domingo 29 de mayo de 2011, por Barómetro Internacional

La prensa internacional hizo el anuncio: “El Príncipe William Arthur Philip Louis y la señorita Catherine Elizabeth Middleton, serán marido y mujer a partir del viernes 29 de Abril”. A usanza de los clásicos cuentos infantiles, describieron que, al parecer, la joven es una chica de pueblo que tuvo la gran suerte de conocer a su “príncipe azul y después de superar varios obstáculos, se casan”. ¿El sitio? No hubo sorpresa. El mismo escogido por la realeza británica para efectuar pomposas ceremonias como coronaciones, nupcias y funerales, desde hace más de novecientos años: La Abadía de Westminster; “The Collegiatte church of St Peter in Westminster”, historia que comienza cuando Guillermo El Conquistador se hizo coronar en ese lugar por allá por 1066 y donde “Numerosos dignatarios y hombres ilustres reposan allí: Wiston Churchill, David Livingstone, Robert Stephenson, Isaac Newton, Charles Darwin, Edward Elgar, y en el Poet’s Corner (Rincón de los Poetas) pueden visitarse las tumbas de Geoffrey Chaucer, Charles Dickens o Rudyard Kipplin”, según leemos en una guía de turismo.

Las cifras de tan majestuoso evento superaron a las atrevidas imaginaciones o ficciones de mente humana alguna. La gran prensa se desgranó aportándonos datos de costosas futilidades. Veamos: Más de 48 millones de dólares fue el costo de la boda, cifra de la que apenas 800.000 sirvió para adornar la capilla; 2.000 millones de personas presenciaron la boda por TV e Internet; 1.900 personas fue el selecto grupo de invitados (ni Barack Obama, ni Sarkozy estuvieron en la lista); 2 tortas de espacialísimos aditamentos para complacer al novio; 32 millones de dólares en seguridad; 500.000 personas estuvieron alrededor del palacio de Buckingham para presenciar el beso de la pareja; 500.000 dólares costó el traje de la novia y su confeccionista fue un secreto de estado; 7.000 los periodistas acreditados de todo el mundo –El Anaquense de Venezuela no estuvo presente-; en la cena privada se tomó Champagne de 60.000 dólares la botella, lo que equivale, aproximadamente, 60 dólares por centímetro cúbico; el anillo de oro de 18 quilates para Kate tiene un valor de 398.000 dólares. Claro, no todos fueron gastos, se estima que 1,1 millones de personas visitaron Londres durante el mes de Abril, lo cual le dio un empujoncito a la economía británica de 995 millones de billetes verdes de one dollar.

No dudamos que un acontecimiento de esta naturaleza, estuvo a la altura de ser el “evento más mediático del siglo”, como bien ha sido catalogado por expertos en este tipo de solemnidades. Ya ni siquiera las olimpiadas o los mundiales de fútbol le arrebatarán el título a la unión matrimonial de Guillermo y Kate. Muy contentos deben sentirse los ingleses por la destacada posición de la que se hicieron merecedores a escala planetaria. Una potencia, como la mujer del César, no sólo debe serlo, sino parecerlo sin dejar espacio a las dudas. Eso de ser potencia y andar escondiendo el ego, va contra la lógica y atenta contra el orgullo de serlo.

Un viejo decir expresa que cada cual es libre de hacer con su vida lo que mejor le parezca. No obstante ese tozudo invento conocido como la moral, de cuando en vez nos impone comportamientos con los que a veces no estamos de acuerdo, pero no queda otra sino actuar en comunión con ella. Eso de sermonear a la familia con lecciones de, por ejemplo, cultura ahorrativa o buenas costumbres después de haber gastado la quincena en el casino o en la tasquita de la cuadra contigua a la oficina, es, sencillamente, una confesa inmoralidad. Quien no actúa de acuerdo a sus principios, termina convirtiendo en “principios” sus nefastas actuaciones. Dicho de otra manera –y no es un invento nuestro- quien no actúa como piensa, termina pensando como actúa.

El Fondo Monetario Internacional anda por ahí con una libreta bajo del brazo y un talonario de recetas y récipes económicos, dando consejos y aplicando terapias de choque para enfrentar con éxitos, dicen ellos, las severas consecuencias de la apocalíptica crisis estructural mundial, que no es otra cosa que la crisis general del capitalismo salvaje, criminal y asesino diseminado por el orbe. Por supuesto los consejos siempre se dirigen a pedirle sacrificios a los trabajadores y a la masa empobrecida global. En España donde la crisis ha dejado una secuela de millones de “parados”, y las “soluciones” pasan por aplicar recortes a los salarios o beneficios sociales del trabajador. Lo mismo en Grecia que en Portugal. Jamás hemos visto la aplicación de una medida coercitiva donde se obligue al gran capital aportar parte de “su ganancia” para cubrir las inevitables consecuencias que se derivan de una sociedad de explotados y explotadores. ¡No señor! El capitalismo tiene por fundamento no regalar. La maximización del beneficio a cualquier costo es lo que importa. De cualquier otra cosa se ocupa el mercado. Los únicos regalos que se permiten en la lógica del capitalismo, son aquellos a los que ese imbécil “Estado omnipotente” recurre para salir en auxilio de las transnacionales declaradas en bancarrota después que una pléyade de delincuentes globales se han embolsillado el dinero de quienes en ellos creyeron. Si no que le pregunten a los dueños de las grandes corporaciones automotrices norteamericanas y otras tantas que ya llevan más del billón de dólares colocado por el gobierno para “rescatarlas”.

Es tal la barbaridad que trae como resulta la aplicación de la sacrosanta fórmula del capital, que sus neo ideólogos nos están vendiendo ahora un “Capitalismo con rostro humano”; una especie de lobo disfrazado de abuelita que asecha el mejor momento para tragarse a la cándida caperucita. Un tigre con traje de siervo que en cualquier momento sacará sus garras para atacar porque esa es su naturaleza.

Mientras ese fastuoso acontecimiento se producía en la cosmopolita Londres, la agonía de millones de seres humanos, seguramente se profundizó. Incluso, los súbditos de la Reina tendrán que aportar con tributos al sostenimiento de esa institución milenaria y sus obscenidades. Lo más probable es que justo al momento cuando la caravana real se dirigía a la Abadía, miles de niños estaban muriendo de hambre en África o de Tuberculosis en el Perú. Seguramente que cuando el Príncipe William Recibía a su novia para dar inicio a la ceremonia de casamiento, las bombas de la aviación inglesa y sus aliados de la OTAN estaban asesinando inocentes en Trípoli y dejando a decenas de personas huérfanas y sin un techo para vivir. Tal vez cuando el selecto grupo de invitados saboreaban la costosa champaña, los niños pobres de Haití estaban comiendo “galletas” de tierra o disputándose con los perros las carroñas en los basureros. Lo más probable es que mientras la pareja de herederos al trono se besaban en el balcón frente a la atónita mirada de 500 mil londinenses, millones de niños no podían asistir a clases y muchos de ellos hayan ingresado a las estadísticas de potenciales antisociales; o cuando la esposa saliera con su anillo resplandeciente de la Abadía, miles de seres humanos murieron en la más cruel inopia, muchos de ellos congelados bajo los puentes de Nueva York y otras grandes metrópolis del “mundo desarrollado”.

Mientras unos pocos disfrutan hasta la saciedad, otros, muchos, millones, son víctimas de las injusticias de un sistema que en la acentuación de sus crisis estructurales y para garantizar su sostenimiento, recurrirá a todo tipo de métodos, formas y maneras. A decir del profesor Néstor Kohan citando un reciente informe de Naciones Unidas, “…la fortuna de los 358 individuos más ricos del planeta es superior a las entradas anuales sumadas del 45% de los habitantes más pobres de la tierra. Según ese mismo informe, más de 800 millones de seres humanos padecen hambre y alrededor de 500 millones de individuos sufren de malnutrición crónica. La injusticia nos rodea en cada esquina del barrio, de la ciudad, del país, del mundo.”

Como todo cuento de reyes, reinas, príncipes y princesas, seguramente este episodio tenga un final feliz. Pero también deseamos que los millones de seres humanos que hoy sufren las calamidades de la cruel iniquidad también lo tengan, no por gracia de monarca o capitalista alguno, sino por el resultado victorioso de la lucha por la construcción de la nueva sociedad socialista.


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